EPIFANÍA

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VITAMINAS PARA EL CORAZON

Epifanía del Señor

Tal vez muchos de ustedes ya han escuchado que esta es la fiesta solemne de Navidad para los Católicos Ortodoxos en Oriente.

Navidad y Epifanía celebran, desde diversa perspectiva, el mismo misterio de la Encarnación del Señor, aunque Navidad acentúa más el nacimiento y Epifanía la manifestación del Salvador a todas las naciones, representados en los llamados “Tres Reyes Magos”, que no eran ni tres, ni reyes, ni magos…“¿Cómooooo?!!!!” –dirán ustedes, seguramente con asombro, pero así es:

¿Cuántos eran? No sabemos, pues el evangelista Mateo simplemente dice que “…en los días del rey Herodes llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos” (Mt 2,1). Sólo dice cuándo y a dónde llegaron. Suponemos que eran 3 por los regalos presentados. Pero en la tradición el número varió según diversas opiniones: San Juan Crisóstomo decía que eran 12, en las catacumbas se representaban 4; pero la mayoría se inclinó por el número tres por lo que podíamos asociar: la trinidad, las edades de la vida, las razas humanas, etc.

Y si eran 3, ¿cómo se llamaban? No lo sabemos. Mateo calla. Y los pintores se los imaginaron. La tradición les dio nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar. Algunos hasta chiste han hecho de eso, diciendo que en estos tiempos de inseguridad corremos el peligro que nos visiten no los 3 reyes magos, sino “los tres reyes malos: Malhechor, Gaspeor y Te-va-asaltar”.

¿Eran reyes? Mateo no les llama así. Pero la tradición les aplicó el salmo 71: “Los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán dones; los reyes de Arabia y de Sabá le traerán presentes”. Y el pasaje muy conocido de Isaías: “Todos los de Sabá vendrán trayendo oro e incienso” (Is 60,6).

¿Eran Magos? Mateo utiliza el término pero en el sentido de su tiempo: “Mag”-“Megas”-“Magnus”, es decir, “grande”, “ilustre”. No en el sentido moderno del tipo que saca del sombrero un conejo o un ilusionista de las Vegas al estilo ‘David Copperfield’. El término oriental se asocia más bien a gente que se ocupaba de las ciencias naturales, la medicina, la astrología y el culto religioso.

Hechas las debidas aclaraciones, vamos a lo esencial: ¿Qué les puso en camino? Muchos opinan que un cometa o un signo astral.

Indistintamente de lo que fuera, nadie se pone en camino si no vive a la espera de algo y cuando aparece no duda en seguir esa inspiración, aunque tenga que dejar muchas cosas y renunciar a seguridades.

Mientras en Jerusalén, capital religiosa judía, nadie se enteraba de lo que pasaba, unos personajes del lejano Oriente se han puesto en camino.

Así sucede en nuestro tiempo: en la Iglesia seguimos discutiendo que si volvemos o no a la misa en Latín, o dónde es más ortodoxo colocar el altar, si al centro o alejado de la asamblea; que si ciertos cantos son litúrgicos o no…

Los fieles están urgidos de cambios sustanciales positivos para la Iglesia y nos perdemos discutiendo si en la Última Cena usaron cuchillos y tenedores…

San Juan Crisóstomo ha dicho algo hermoso: “Los Magos no se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino”.

Dice una antigua leyenda que cuando los israelitas huían de los egipcios y llegaron al mar rojo, Moisés alzó sus manos para que las aguas se separaran…y no pasó nada. Lo hizo de nuevo y no sucedía nada. Hasta que se lanzó el primer israelita al mar, se abrieron las aguas.

Así ha sido y será siempre. El mundo es de los que se lanzan primero al agua y generan los cambios que se necesitan. Mientras el mundo dormía, los Magos se habían lanzado a una hermosa aventura, se habían puesto en camino.

No significa que todo fue fácil para ellos. Por momentos la estrella desaparecía a su vista, pero ellos no se desanimaban. Y si alguno quería regresar, seguramente los otros lo alentaban a seguir. Lo difícil no es creer, sino creer a solas.

Llegaron la ciudad y no había luces ni música ni fiesta. Comenzaron a preguntar ¿dónde está el rey? Y los consultados los remitían al palacio de Herodes.

Pero los Magos buscaban al “nuevo” rey. Y este adjetivo hacía temblar a quienes lo escuchaban. Los historiadores nos pintan a Herodes como un déspota amigo de la violencia. Solo tenía una pasión: el poder. Y un solo método para alcanzarlo y aferrarse: la espada. Era un ser deplorable dispuesto a matar a quien le disputara el trono. No le importaba ser odiado, le interesaba sobretodo ser temido.

Algún chismoso le llevó la noticia a Herodés de que había unos extranjeros preguntando por el nuevo rey y los mandó a llamar sin perder compostura. Antes había convocado a “sesión de ministros ” a su ‘gabinete’ para preguntar detalles y fichar sospechosos.

Los escribas y sacerdotes sabían dónde tenía que nacer el Mesías. Pero “No es sabio el que sabe dónde está el tesoro, sino el que trabaja y lo saca”. Los sacerdotes sabían, pero no eran capaces de ponerse en camino y buscar, como los Magos.

Herodes realizó un interrogatorio sutil a los Magos y luego los despidió con una sonrisa hipócrita: “Vayan y averigüen del niño y cuando lo hayan hecho, vuelvan y me cuentan para ir yo también a adorarlo”. En su negra conciencia había dictado sentencia: si ese niño existía, conocería la muerte antes de aprender a hablar.

Los Magos prosiguieron su camino y encontraron solo un niño sencillo, pobre, envuelto en pañales en una cueva; sus padres, dos jóvenes campesinos. Pensaron que habían calculado mal. Dudaron por un momento, pero luego recapacitaron: Dios no se había equivocado, sino ellos: de tanto mirar las estrellas, se habían olvidado de mirar la tierra. De tanto visitar las casas de los poderosos, se les había olvidado la hermosura de la sencillez.

Nuestro error es imaginarnos a Dios solemne y lejano. Por eso se hizo pequeño. Porque uno solo puede amar aquello que puede besar y rodear con sus brazos.

El relato concluye diciendo que, avisados en sueño sobre la trampa de Herodes, los Magos decidieron regresar por otro camino. Esa conclusión es una catequesis: quien se ha encontrado con Dios no puede vivir como si nada hubiera sucedido, algo o muchas cosas tienen que cambiar.

Una antigua leyenda nos habla sobre EL CUARTO REY MAGO, quien también vio brillar la estrella sobre Belén, pero siempre llegaba retrasado a los lugares donde Jesús podía estar porque se detenía ante las necesidades de pobres y pordioseros a quienes les brindaba generosamente su ayuda.

Después de más de treinta años siguiendo a Jesús por Egipto, Galilea y Betania, el rey mago llega a Jerusalén, pero demasiado tarde, pues el niño ya se transformó en hombre, y estaba siendo crucificado en aquél día.

Ese rey había comprado perlas para Cristo, más tuvo que venderlas casi todas para ayudar a las personas necesitadas que encontró en su camino. Solo le quedó una perla y el Salvador ya estaba muerto.

-Fallé en la misión de mi vida -pensaba el rey mago.

En ese momento se escuchó una voz: -“Al contrario de lo que piensas, tú me encontraste durante toda tu vida. Yo estaba desnudo, y me vestiste. Yo tuve hambre, y me diste de comer. Yo estaba preso, y me visitaste. Pues yo estaba en todos los pobres de tu camino. ¡Muchas gracias por tantos regalos de amor que me has dado!”

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

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5 pensamientos en “EPIFANÍA

  1. QUE LINDO….MIL GRACIAS POR COMPARTIR ESTO TAN BELLO.
    ALGUNOS DETALLES LOS DESCONOCIA Y ES INTERESANTE SABER MAS AL RESPECTO.
    DIOS LO ILUMINE PADRE MORA.
    UN ABRAZO FUERTE,
    ISABELLE

  2. Gracias Padre Mora por esa vitaminas, realmente llegan a lo profundo! Le aseguro que nuestro Diosito abre su página! Un abrazo fuerte! Y muchas bendiciones!

    • Muchas gracias, Abuela Norma. Me alegra que sean oportunas para su corazón receptivo. Y ya me dejó pensando: qué misteriosa gracia que Dios lea mi página. A Él la gloria y la alabanza.

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