Ejemplo de Fe y Perseverancia

Bullying dejó a Melvin Durón 34 días en coma, pero sobrevivió

Melvin Durón tiene 21 años y es un ejemplo de fe, perseverancia, fortaleza y valentía.

Golda Sánchez: golda.sanchez@uth.hn

Lisseth García: doris.garcia@laprensa.hn

Melvin 2

Melvin Durón tenía 16 años y era un estudiante brillante, con don de servicio y buen corazón. Cuando un grupo de compañeros lo invitó a reforzarles la clase de Biología no dudó en aceptar. Jamás imaginó la tragedia que lo acechaba.

Era el año 2008. El jovencito cursaba su segundo año de bachillerato y se destacaba en sus estudios. Siempre recibió elogios de los maestros.

Ese trato especial desencadenó sentimientos negativos en algunos compañeros de clase y con el paso del tiempo se convirtieron en insultos y agresiones verbales de pasillo. Melvin había sido víctima del bullying desde el séptimo grado.

El bullying es el maltrato físico o sicológico constante que recibe un niño o joven por parte de otros que se comportan cruelmente con el objetivo de someterlo y asustarlo. Implica la repetición de las burlas o las agresiones y puede provocar la exclusión social de la víctima.

Eso fue lo que Melvin soportó por mucho tiempo, pero la necesidad de ser aceptado lo llevó a actuar diferente. Ya en bachillerato, sus notas comenzaron a bajar y tenía actitudes que, según su madre, Yanine Hernández, parecían normales de un adolescente. Por eso, ella nunca sospechó el viacrucis que vivía su hijo a diario.

Pero un día, en uno de tantos episodios, Melvin no aguantó más y le respondió “cállate el pico” a su compañero que gritó en el aula “solo al mismo maricón felicitan”. Ese reflejo de frustración desencadenó un desenlace casi fatal para Melvin.

 

El ataque

Un día de clases, un grupo de compañeros le pidió a Melvin que les reforzara sus conocimientos en biología. Inocente, el joven aceptó. La cita era en una casa particular. Jamás imaginó que era una mala jugada.

No hubo reforzamiento esa tarde lluviosa. Al poco rato de haber llegado comenzaron los insultos. Ante la ola de abusos, Melvin le respondió con un golpe en la boca a uno de sus compañeros y eso  desencadenó una pelea de media hora donde Melvin se llevó la peor parte.

El grupo de estudiantes incitó al agresor. El muchacho tomó la cabeza de Melvin y la estrelló contra la pared una, dos, tres, cuatro, cinco veces… lo dejó inconsciente. Melvin quedó tirado en un sofá tres horas hasta que decidieron llamar a la madre del joven, pues en la casa no había adultos. Yanine llegó enseguida y llamó a una ambulancia.

 

“Un milagro”

El muchacho pasó 34 días en coma y después de dos infartos cerebrales venció a la muerte. “él es un milagro de Dios; él le dio una segunda oportunidad”, dice ahora la mujer.

Con los ojos llenos de lágrimas recuerda que su hijo sufrió una lesión en el cerebro que afectó su parte motora.

“Salió de cuidados intensivos y no abría los ojos. No comía, solo a través de una sonda, y quedó en condiciones muy precarias”, cuenta.

A pesar de la agresión contra su hijo, la mujer se aferra a su fe y trata de ver adelante. “Siempre he pensado que esto ha sido un proceso del Señor, no un suceso. Todo se ha ido presentando en el camino en pro de su bienestar”.

Melvin acudió un año a Teletón, donde tuvo avances asombrosos en su rehabilitación y le dieron de alta, pero necesitaba más terapia.

Después acudió a una fundación, donde gracias a un programa de rehabilitación la madre ha logrado que su hijo salga adelante.

Al inicio era atendido por enfermeras. Su familia pagaba dos turnos y su madre lo cuidaba por las noches.

“Quedó con alteraciones y una de ellas le provocaba comezón. Había que rascarlo de día y de noche. Pude darme cuenta de que no eran enfermeras lo que necesitaba, sino un enfermero porque Melvin es grande Así encontré a don Julio, que tiene ya cinco años de estar dando la fisioterapia”.

 

Doloroso camino

Después del incidente, el muchacho tardó cinco meses en recuperar el habla, pero cuando lo hizo su primera palabra fue “mamá”. Meses después movió un dedo. Llorando, la mujer recuerda ese momento. “Todos lo celebramos porque era una buena señal”, dice.

“Mi hijo comía a través de una sonda, pero poco a poco logró digerir los alimentos. Tomaba agua con una jeringa, gota a gota”.

A medida que avanzaba la rehabilitación, Melvin sintió el deseo de terminar su bachillerato. Quería graduarse. En silla de ruedas terminó el colegio en el mismo lugar de donde había salido el año anterior.

A pesar de las dificultades, su perseverancia y sus ganas de cumplir sus sueños no terminaron allí. Quiso ir a la universidad y graduarse.

Su madre salió en busca de universidades donde le permitieran a Melvin recibir clases con ella. La Universidad Tecnológica de Honduras (UTH) fue la única que le abrió sus puertas. Comenzó a estudiar y ahora cursa la carrera de Gerencia de Negocios.

Acude todos los sábados y lleva cinco asignaturas. Cuando entra en la clase, Julio, el terapeuta, y su madre están siempre a su lado. él escucha y participa en las clases, pero su madre se ocupa de las anotaciones. “Es muy bueno para los números”, dice orgullosa. El joven tiene excelencia académica en la universidad y habla tres idiomas.

“Me gusta el pisto”, dice al explicar por qué se decidió por la carrera. “Sueño con tener una cadena de hoteles”.

“Perdoné a quienes me hicieron daño. Soy un milagro de Dios y lo más importante es que voy bien en mi rehabilitación”, dice. Es muy popular en la universidad, todos lo saludan y lo admiran por su entusiasmo y sus ganas de salir adelante.

 

Testimonio de Melvin Durón

“Me golpeó cinco veces la cabeza”

Melvin Durón escribió de su propio puño y letra su historia de vida. Es un ejemplo de fe, valentía y perseverancia.

“A continuación escribo mi versión de lo que pasó el día de mi accidente…

Para esta narración le he pedido al Señor la máxima inspiración para no exagerar, para no delirar con lo sucedido.

Haber sobrevivido, estarme rehabilitando como hoy lo estoy consiguiendo significa que alguien me está bendiciendo. En fin,  ya mucho cuento. Sepan que para nada miento. Se dio el 1 de noviembre de 2006.

Era un día normal, como todos los días de rutina. El problema empezó en la clase de Química o de Biología. No recuerdo muy bien. El mismo maestro impartía las clases.

El problema ocurrió cuando el profesor me alabó por ser de los pocos que le ponían atención. De repente se escuchó un fuerte grito de uno de mis compañeros de colegio; para ser específico, el que me dejó en estado crítico.

‘¡Solo felicitan al mismo maricón!’. Y yo, con imprudencia, contesté: ‘Callate el pico’. Terrible error. Me retó y solo me quedó aceptar el reto. Ya estaba harto de tanto que me faltaban el respeto, de tanto que me rebanaban todas las personas que creí que me apreciaban. Hoy ya distinguí, ya reconozco, a los verdaderos amigos y amigas que de verdad me quieren a mí. A algunos todavía no los conozco en persona, pero siempre están conmigo.

Pero ese día del reto no quedamos explícitamente para pelear. No había fecha, hora ni lugar. Solo sabía que se iba a dar. Jamás pensé que mis supuestos ‘amigos’ me iban a traicionar como lo hicieron, pues me pidieron ayuda en la clase de Física Elemental.

Yo tenía vasto entendimiento y les ayudé. Ellos, por agradecimiento, me dejaron servido en la boca del lobo. Llegamos a casa de uno de esos malhechores para estudiar, pues yo les iba a explicar. Allí llegó mi agresor con su envidia y sus rencores.

Llegó a insultarme, rebanarme y provocarme hasta que me enfureció. Así como lo leen. Este loco se sintió obligado a responder finalmente a tanta agresión. Le di un golpe en la boca y eso desencadenó un pleito a puño limpio que duró más de media hora. Él me agarró del pelo y, con odio, me golpeó cinco veces el lado derecho de la cabeza contra la pared. Me rendí. Eso ocurrió en la primera planta de la casa.

Mis “amigos”  se fueron a jugar a la segunda planta de la vivienda. Recuerdo que me acosté en el sofá de la sala y quedé inconsciente. No sé si me crea, pero, instantáneamente, mi espíritu abandonó mi cuerpo. Como si fuera un avión a pequeña escala, me miraba impactado. Al verme tirado, sin saber qué ocurría, solo sentía que me moría.

Algo malo, muy malo, estaba ocurriendo. Mi corazón me lo decía. Yo agonizaba y  mis ‘amigos’ jugaban Playstation en la segunda planta, como si nada.

Uno de ellos bajó porque ya se iba a su casa y, al verme tirado, sin respirar y con tan poco pulso, se asustaron, tomaron impulso y empezaron a llamar ambulancias. Lo menos que les cobraban eran 10 mil lempiras. Dos horas y media después llamaron a mi profesor de Matemáticas y él les dio la bendita solución:
‘Llamen a la mamá de Melvin Durón’.

Tres horas después, mi madre llegó  al lugar de los hechos. Solo tres compañeros de los siete que allí estuvieron, incluido el dueño de casa, se quedaron a poner el pecho. Mi madre se quebró al verme inconsciente. Solo Dios le pudo dar valor para reaccionar, pero ella no pudo manejar.

Me llevaron al hospital donde mi mamá trabaja, el Mario Rivas. Mi espíritu volaba detrás de ellos. Ese momento es de los más bellos e inolvidables. Sigue tan palpable en mi mente, aunque admito que en ese momento no lo disfruté. Mis esperanzas estaban más muertas que vivas. Cuando llegamos al hospital, yo ya estaba muy mal. El neurocirujano me revisó y dijo que tenían que operarme inmediatamente.

Tenía las pupilas horriblemente dilatadas, la hemoglobina bastante disminuida y sin exámenes ni tomografías, solo sabiendo de qué lado me habían golpeado. Con todo en contra, fui exitosamente operado. Me habían salvado. Cinco minutos más de tardanza y habría quedado en estado vegetal. Mi espíritu vio cuando el doctor me abrió el cráneo. El chorro de sangre fue instantáneo. Oí cuando les dijeron a mi mamá, a mi abuela y a mis tías allí presentes que estaba estable gracias a Dios y a mi hemoglobina potente.

Tenía 16 años y quedé como de ocho al ser intervenido. En menos de 24 horas, dos infartos cerebrales casi fatales. Por cortesía de aquellos animales había sufrido, pero tengo madera de vencedor. Lo demostré con creces.

Yo seguía como espíritu, visitaba a mis hermanitos. En esos días estaban chiquitos. Hasta que, a los tres días de muerto, en coma, mi madre quería saber si yo podía entenderle.

Me pidió que le apretara la mano. De repente se me presentó el Señor. Qué momento tan asombroso, como de cuento de hadas. Solo me dijo, cuando a mi cuerpo me devolvía:

‘Hijo mío, pórtate bien y disfruta al máximo de esta experiencia, la más maravillosa de toda tu vida’.

No volví por mujeres, volví por mi hermano Mario José, pues él siempre le ha pedido a Dios con inocencia ciega, con mucha fe.

Mi amado hermanito, criatura tan noble, este loco por obra de Dios es fuerte como un roble.

En mi soledad, a decir verdad he podido aprender a valorar a la mujer que por siempre me va a acompañar.

Asimismo, después de tener una  vida fácil y cómoda me he dado cuenta de que todo lo bueno cuesta, que solo hay una salida: vivir cada día como si fuera el último, que la vida es demasiado hermosa para vivirla en pena.

Porque Dios sí existe, existe el amor. Desde el día que volví a mi cuerpo, mi lucha ha sido volver a estar al cien.

Desde entonces sueño despierto con el día en que finalmente logre al cien por ciento, sin reproches ni lamentos, caminar nuevamente.

No me arrepiento de nada. Le agradezco al creador por la oportunidad de estar con vida y el promedio de la universidad, por la bonita amistad que he entablado con mucha gente nueva.

También por desterrar de mi vida lo malo, por todas las bendiciones con las que crezco dentro de su amor.

 

VIDA DIARIA 

LA AGRESIÓN que cambió la vida de Melvin Durón ocurrió cuando tenía 16 años. Hoy tiene 21 y está dispuesto a salir adelante. Está a punto de graduarse en Gerencia de Negocios.

ESTUDIANTE Melvin Durón cursa cinco clases y es un estudiante con excelencia académica en la UTH.

Ejemplar Yanine Hernández , la madre de Melvin, recibe las clases a su lado. Es un apoyo incondicional.

DECISIÓN La madre de Melvin pidió no mencionar el nombre del colegio donde ocurrió el incidente por una promesa familiar.

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Melvin Durón y Jesús Mora

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2 pensamientos en “Ejemplo de Fe y Perseverancia

  1. ¡Hola!

    Ya días no sabía nada de usted.  

    Gracias por compartir esta historia de fe y perseverancia inclusive de perdón. La verdad que Melvin es un ejemplo y su historia a tocado mi espíritu.  Dios le bendiga y le permita lograr todos sus sueños.  No dudo va a lograr tener su cadena de hoteles.

    Saludos, Lorís

    ________________________________

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