LA MUERTE MÁS FECUNDA

cristo crucificado 1

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN

VIERNES SANTO

El Viernes Santo provoca una sensación extraña en la conciencia de todos. Es un día en el que estamos de vacaciones; las tiendas y muchos otros establecimientos comerciales están cerrados, pero hay una sensación de que no es un simple día de descanso, pues experimentamos una cierta soledad, aunque estemos rodeados de personas.

Por lo general, es un día nublado, ya se por la mañana, por la tarde, o la mayor parte del día. En la mayoría de las ocasiones llueve, como si el Cielo también llorara o estuviese triste en este día peculiar.

Por tradición o por religiosidad este es un día muy especial en nuestro calendario. El pensamiento del alma no se resiste ante la atracción del Misterio de Dios.

Mi sugerencia es la misma que daba San Ignacio: “esforzarnos por imaginarnos estar presentes allí”, para no reducir el recuerdo de la Pasión del Señor a un sentimentalismo estéril, sino provocar un verdadero encuentro con Cristo que tenga un impacto significativo en nuestra vida.

Debemos reconocer que en muchas ocasiones hemos hecho de la Cruz un simple símbolo religioso y, en el peor de los casos, un adorno o prenda, despojándole del sentido provocativo e impactante que debería tener para cada uno de nosotros.

Ojalá comprendiéramos que a Cristo no sólo le despojaron de su vida. Intentaron despojarle también del sentido de su muerte.

Sacerdotes y Fariseos acudieron a Pilatao porque, supuestamente, ellos no tenían potestad para condenar a muerte a nadie. El Sanedrín Judío podía condenar a muerte por lapidación, hoguera, degollación y estrangulación, pero no podían crucificar a alguien, pues este tipo de sentencia estaba reservada por los romanos a crímenes políticos de revoltosos, guerrilleros y ladrones.

¿Por qué se empeñaban los sumos sacerdotes en que Jesús muriera crucificado? La forma de muerte que hubiesen tenido que aplicar a Jesús según sus mismas acusaciones era la lapidación, sentencia destinada a los blasfemos y falsos profetas. Éste fue el tipo de muerte que le dieron al profeta Jeremías, aunque el pueblo reconociese más tarde en él a un profeta.

Aunque la lapidación hubiera sido una muerte terrible, los sacerdotes temían que los apóstoles presentaran el sacrificio de su Maestro como una muerte profética. Por eso las Autoridades Religiosas querían para Jesús una muerte degradante que manchara su causa, presentándole como un vulgar ladrón y criminal.

A Jesús no sólo se le condenó de forma injusta, sino que también se intentó desprestigiarle, dándole un tipo de sentencia que lo desacreditara ante el pueblo, haciéndole ver como un delincuente común.

Como ha sucedido en la historia, antes y después de Él, hay personas a las cuales no sólo se les ha despojado de sus derechos, sino también del verdadero significado de su lucha. Y esta injusticia que se ensaña contra las víctimas es lo que provoca su sufrimiento moral, pues para los verdaderos idealistas no es difícil dar la vida por aquello que se ama, pero debe provocar mucho dolor caminar hacia la muerte con una máscara falsa que sus enemigos han pegado en su rostro.

A Cristo, que vino a traernos la paz, se le condena por “violento”. Al que vino a traernos el Reino de Dios, se le condena por meterse con el “reino” de los hombres.

Por eso, en las estaciones del Vía Crucis, repetimos la frase de San Pablo “Fue condenado a muerte…y muerte de cruz por nosotros” (Flp 2,8), como si subrayáramos con asombro que hasta en ese aspecto cometimos la mayor de las injusticias: elegir para Él la muerte infame de los infames, la sucia muerte de un perverso.

Pero el amor que le llevó a tal entrega fue más fuerte que cualquier intento de falsificación de los motivos de su muerte.

Frente a su cuerpo triturado como grano de trigo, a los pies de su cruz, estaba reunida una especie de resumen de toda la humanidad: enemigos, amigos, curiosos e indiferentes.

Paradójicamente, el padecer en silencio esta injusticia y no ceder al chantaje de dar  las pruebas que exigían sus enemigos y quienes se burlaban, fue la demostración de su condición divina: “Si eres hijo de Dios ¡baja de la cruz! Y te creeremos…” (Mt 27,39-42).

Bajar de la cruz lo hubiera legitimado ante sus detractores, pero hubiera sido la contradicción de todas sus enseñanzas. Pues “la prueba de que Dios nos ama es que siendo nosotros todavía pecadores, murió por todos” (Rm 5,8). Y porque “Tanto ha amado Dios al mundo que ha entregado a su Hijo único, para salvar al mundo” (Jn 3,16). “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13)

Esta es la “hora” de la que tanto hablaba el Señor. Nunca hubo una muerte más fecunda.

Por eso, acercarse a la cruz es arriesgado y exigente. Invita a la “segunda conversión”, como nos decía san Agustín: primero se convirtió al Dios único y bueno; y después, al Dios crucificado. Así lo cuenta en el capítulo siete de sus “Confesiones”. Porque después de descubrir a Dios aún no se sentía del todo cristiano.

Sólo cuando Dios se hizo concreto para él en el Crucificado descubrió que “todo el esplendor del mundo redimido brota de la sedienta raíz del Dios paciente”.

Hoy es un día especial, para dejar espacio a la reflexión. Y dejar que Dios nos hable. Dejar que Cristo, a través de su muerte en la Cruz, nos diga algo que cambie nuestra relación con Él y nuestra manera de ver y de llevar la vida.

Que Dios les bendiga

José Jesús Mora

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