HASTA NO VER…

VITAMINAS PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Se dice que el miedo es mal consejero, pues atenaza y perturba. El miedo proviene de la inseguridad y provoca angustia. El miedo distorsiona y deforma la realidad y no nos permite ver (o imaginar) más que lo que nos amenaza.

Después de la muerte de Cristo, los apóstoles tenían miedo. Por eso trancan las puertas, cierran con llave al atardecer. Han cerrado las puertas a fin de que no entre ningún extraño y menos cualquier enemigo. Es aún la noche oscura de cuantos confiaban en Jesús. Se sienten atemorizados y tratan de protegerse aislándose, encerrándose, como tendencia natural en todo ser humano.

El continuo llamado de Juan Pablo II, beatificado este Domingo 1 de Mayo, era: “Abran de par en par las puertas a Cristo. No tengan miedo”. La Iglesia no puede ser un invernadero ni un estacionamiento, sino la comunidad que ha recibido la misión de llevar a Cristo hasta el último rincón.

A pesar del hermetismo, Jesús Resucitado tiene la capacidad de penetrar a través de las puertas cerradas. El Resucitado puede entrar en un mundo cerrado para convertirlo, con su presencia, en un mundo abierto. El egoísmo aísla y separa, pero la presencia del Señor sana, restablece las relaciones, une de nuevo lo que el mal había roto y dañado.

“Paz a ustedes”: El encuentro con el resucitado ha sido una “experiencia de perdón”. Los discípulos han experimentado al Resucitado como alguien que les ofrece perdón, paz y salvación.

De parte de Jesús no hay ingún reproche por la cobarde traición y abandono. Ningún gesto de exigencia para reparar la injuria.

Las apariciones significan una verdadera “amnistía” en el sentido etimológico de esta palabra: olvido total de la ofensa recibida.

Y es precisamente este perdón pacificador y esta oferta de salvación los que ponen una alegría y una esperanza nuevas en la vida de los discípulos, cambiando su ánimo y su visión sobre su vida y su misión.

Vivimos en una sociedad que no es capaz de valorar debidamente el perdón. Se nos ha querido convencer de que el perdón es “la virtud de los débiles” que se resignan y se doblegan ante las injusticias porque no tienen valor para luchar y arriesgarse.

Los conflictos humanos no tienen nunca una verdadera solución si no se introduce la dimensión del perdón. No es posible dar pasos firmes hacia la paz, desde la violencia, el endurecimiento y la mutua agresión, si no somos capaces de introducir el perdón en la dinámica de nuestras luchas.

La justicia que camina del lado del perdón, debe ser restaurativa, no vindicativa. No debe ser una forma de venganza disfrazada de justicia, sino la ocasión de darle una nueva oportunidad a quien ha aceptado sus errores y está dispuesto a reparar el daño provocado.

Después de saludar a sus apóstoles y darles su paz, Jesús sopla sobre ellos: “Reciban el Espíritu Santo”, les dice. Es un gesto que recuerda lo que hizo al inicio el Creador, cuando infunde el espíritu vital en el rostro de Adán. Y es que ahora, el día de Pascua, estamos al principio de una nueva humanidad, ante una nueva creación. Nace la Iglesia: comunidad de hermanos y de testigos valientes.

Pero el Apóstol Tomás no estaba con ellos y no se atreve a creer la buena noticia que le dan sus compañeros. El miedo no está sólo en la calle, detrás de las ventanas. El miedo y el recelo mutuo está también dentro de nuestra casa, en las distintas tendencias, posturas y criterios cerrados, en las condiciones que pone Tomás para creer.

Tomás busca experimentos con Dios y no experiencias de Dios: “hasta que no meta mis dedos en los agujeros que hicieron los clavos en sus manos y no meta mi mano en la herida de su costado, no creeré”. Se equivoca. Dios no es experimento sino una experiencia de fe y de vida.

Tomás es un cobarde. Quiere creer, pero no se atreve a hacerlo con una fe desnuda, desprotegida, desinstalada, capaz de soportar dudas. Nadie debe pedir a la fe una fácil seguridad.

Tomás no es el único. Los evangelios nos señalan a Tomás como “el mellizo”, porque nuestras dudas son hermanas gemelas de las de este apóstol.

La salvación de Tomás, sin embargo, será posible porque persevera y quiere permanecer con sus compañeros, a pesar que no cree lo que le han dicho. Sólo podrá ver a Jesús cuando acepta humildemente estar con los demás, aunque no los entienda a fondo.

Pero el hecho de que Tomás tuviera dudas puede resultar estimulante para nosotros. No creyó a lo que decían sus hermanos de comunidad: a todos nos viene la tentación de pedir a Dios pruebas de su existencia, de su bondad, de su cercanía. Algunos tal vez se extralimitan y tienen un excesivo afán de ver milagros y apariciones en los cuales basar su fe. Queremos VER para poder CREER.

“¿Porque me has visto has creído?” Jesús le reprocha a Tomás el no haberse fiado de la comunidad y exigir una experiencia individual, separado de ella.

Jesús aprovechará esta situación para darnos la última bienaventuranza que completa el Sermón de la Montaña: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

Tomás alcanzó la dicha, no cuando exigió pruebas, sino cuando nos enseñó a decir “¡Señor mío, y Dios mío!”. Cuántas veces hemos repetido esta frase de fe al contemplar el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía.

Esta novena bienaventuranza, la de creer, no puede venir por los sentidos ni por las razones de la inteligencia, sino por las razones del corazón. Hay gente que puede ver y seguirse negando a creer. Se puede palpar y, sin embargo, permanecer obstinado en la indiferencia. La fe empieza cuando Dios enciende una chispa de confianza en nuestro corazón.

Para nosotros era esa bienaventuranza: Nosotros no hemos visto a Jesús, pero hemos sentido su presencia. No lo hemos tocado, pero hemos sentido la fuerza de su Espíritu. No hemos podido meter nuestros dedos en sus llagas, pero Él mismo decidió meterse en nuestra alma por medio de su Eucaristía.

Jesús Resucitado muestra sus llagas a sus discípulos y especialmente a Tomás, para que a través de los agujeros de los clavos podamos asomarnos y medir su misericordia. Por esos agujeros se derrama sobre el mundo la misericordia divina hecha gracia sacramental. Sus llagas nos ayudan a creer y a orar. Esas heridas nos recuerdan la Pasión del que tanto nos amó y nos conforta ahora en nuestros sufrimientos.

Tomás pidió tocar, palpar. Hoy son muchos los que no se conforman con palabras. Si nuestra caridad es sincera, podemos invitarles a acercarse a la Iglesia. Lo único que va a convencerles es que ahora nosotros curemos las llagas de Cristo en tanta gente pobre, abandonada y marginada: enfermos, inmigrantes, niños en riesgo social, madres solteras, pobres que no tienen ni qué comer.

Si nuestra comunidad y nuestras familias cristianas llegan a reflejar la vida de las primeras comunidades: unidas, alegres, abiertas, solidarias, ricas en fe y esperanza; no necesitaremos de milagros y apariciones para creer en Jesús. Bastará constatar y experimentar su presencia en la los frutos de amor y unidad que presentemos diariamente.

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