LA CORRECCIÓN FRATERNA

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 7 de Septiembre de 2008

En nuestro ambiente cualquiera no solo se siente con el derecho, sino también con la capacidad de corregir a los demás. Tal parece que experimentamos una cierta fascinación al decirle al otro de qué forma debe comportarse. Lo gracioso es que somos pocos receptivos y tolerantes cuando alguien trata de hacerlo con nosotros.

No podemos llamar a la indiferencia “respeto” o “tolerancia”. Decían los antiguos romanos “Si no tienes un amigo que te diga tus defectos, págale a un enemigo para que te los diga”. Si los demás fallan y no les ayudamos a verlo, es como si no existieran para nosotros. El “vive y deja vivir” es una invitación para egoístas e individualistas que no están interesados en los demás.

La Primera Lectura nos recuerda que es un deber corregir al que se equivoca:

“Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida” (Ez 33,8-9)

Aunque algunos disfrutan meterse en la vida de otros, corregir es algo distinto. No es un proceso acusatorio y condenatorio; no es un interrogatorio con torturas; es ayudarle a otro a crecer, a superar una situación perjudicial, es demostrarle que lo hacemos porque nos importa. Es reconocer que también podemos tener parte de culpa en sus errores. Que no corregimos desde la arrogancia, sino del reconocimiento humilde de que también nos equivocamos y somos tan pecadores o más que el que estamos corrigiendo.

“Si tu hermano peca –dice el Señor–habla con él a solas…” (Mt 18,15)

Debemos reconocer que con frecuencia no es con el interesado con el que hablamos. Que hay una tendencia irresistible a devorarnos al hermano a sus espaldas. Que el chisme –aunque decimos que no nos “gusta” –nos “entretiene”.

O que, muchas veces de manera consciente, a propósito, nos gusta humillar en público al que se ha equivocado; nos deleitamos sacando sus “trapos sucios” al sol.

José Luis Martín Descalzo en su libro “Razones para vivir” nos regala estas leyes para el arte de criticar:

1º Hacer la crítica “cara a cara”. Es decir, hacérsela al interesado, de frente y con respeto. Tirar la piedra y esconder la mano es de mezquinos y cobardes.


2º Hacer la crítica en privado (a no ser que se trate de cosas públicas). Decirle a uno sus defectos en público es contraproducente.

3º En la crítica, no hacer comparaciones, que resultan odiosas. Nunca le digas a un hijo: “aprende de tu hermano o tu primo”. Cada persona es cada persona. Cada caso es cada caso. Las circunstancias diversas pueden cambiar los casos radicalmente.


4º Criticar los hechos, nunca las intenciones. Sólo Dios conoce los corazones. Mientras no nos conste de lo contrario debemos pensar en la buena fe del prójimo. Eso de “piensa mal y acertarás”, aunque algunas veces dé resultado, es poco caritativo. Es más acertado aquello de “piensa bien mientras no tengas razones que te obliguen a pensar mal”.


5º Criticar con objetividad. Sin exagerar. Evitar las palabras “siempre”, “nunca” y “toda la vida”. Nadie es siempre malo.


6º Criticar una sola cosa cada vez. Soltar de golpe muchas críticas es agobiante.


7º No repetir la misma crítica frecuentemente. No seremos eficaces al ser machacones. El que perdona pero “nunca olvida”, es que no ha perdonado de verdad.


8º Elegir el momento oportuno, tranquilo. Si el que se siente ofendido reprocha amargamente al que se ha equivocado, se agrandará la herida en lugar de curarse.


9º Comprobar bien lo que se critica. Basarse sobre rumores, chismes o sospechas es exponerse a ser injusto.


10º Ponerse en el lugar del criticado para no hacer a nadie lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros. Si supiéramos las razones que el otro ha tenido, seríamos mucho más indulgentes y comprensivos.

Y por último: para saber corregir, hay que saber dialogar. Dialogar no es discutir. Es buscar la verdad entre dos personas de manera humilde y objetiva. Es dar y recibir al mismo tiempo. Cada uno puede ver lo que la otra persona no ve. Los dos pueden enriquecerse mutuamente. Y en las discusiones no pretendamos aplastar al otro. Escuchemos sus razones. Apreciemos lo verdadero que hay. Y procuremos ver si desde los dos puntos de vista distintos podemos llegar a la misma verdad.


Una anécdota breve: iban por un camino dos burros atados por el cuello con una cuerda muy corta. A ambos lados del camino había zacateras. Cada uno tiraba hacia su lado. Pero como la cuerda era corta, ninguno de los dos llegaba a la comida. Se miraron y se entendieron. Fueron los dos juntos a una de las zacateras, y después los dos a la otra. Después de todo, no eran tan burros.

Que Dios los bendiga,

Su hermano, José Jesús Mora

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s