CUÁNTAS VECES DEBO PERDONAR

VITAMINAS PARA EL CORAZÓN, Domingo 14 de Septiembre

Una de las actitudes no negociables de la vida cristiana es el perdón. No nos llamamos “cristianos” porque nuestro nombre aparece en el Registro Bautismal de la Parroquia, ni porque vamos a misa el domingo, sino porque imitamos su estilo de vida, especialmente en cuanto a la entrega y el perdón se refiere. Y tal vez sea ésta última la lección más difícil de aprender.

“Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: si me hermano me ofende, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”

¿De dónde le surge esta inquietud? ¿Alguien había rebalsado el vaso de su paciencia o ese día se sintió muy generoso y dispuesto a ofrecer perdones rezagados? No sabemos, pero resulta curiosa la cifra sugerida por la “generosidad” de Pedro (siete). Tal vez por simbolizar el número de la perfección.

Pero la respuesta de Jesús echó por bajo sus cálculos, pues “setenta veces siete” no es una operación aritmética que da como resultado una gran cifra, sino un adverbio: siempre. Es decir, no podemos poner límites ni ser selectivos: siempre y a todos.

Lo que para muchos sería un acto heroico que requiere un esfuerzo sobrenatural, para los creyentes debe ser lo constante y natural, el sello que garantiza la coherencia cristiana.

Pero nos la hemos arreglado para “hacer compatible” el llamarse cristiano y guardar odio y rencor; ser “buenos cristianos” y desear el mal a otros; ser fieles cumplidores de los deberes religiosos y negarle el habla al que nos tiene resentido; ir a misa y cargar deseos de venganza.

Hemos etiquetado como “normal” ser un buen cristiano pero un jefe déspota, ser un buen cristiano y a la vez un mal vecino, ser un buen cristiano y tener una boca ofensiva. Este es el cristianismo ligth, bajo en calorías, no tan exigente en este y otros puntos difíciles.

Y nos sobrarán mil pretextos para justificar nuestro comportamiento: los demás no merecen nuestro perdón, o los vamos a acostumbrar a que nos falten al respeto, tienen que pagar por lo que hicieron, no me corresponde a mí dar el primer paso, si quiere que lo perdone tiene que venir ante mí y humillarse, y un largo etcétera.

Pues hoy, Jesús nos cuenta esta parábola para que tomemos conciencia de que todos somos deudores insolventes, con la esperanza de que esto nos ayude a aprender a perdonar.

Los contrastes en la parábola son abismales: un empleado le debía a su rey diez mil talentos o millones, una suma estratosférica (1 talento eran 6,000 denarios), tan grande que para medio pagarla era menester venderse él mismo, su mujer, sus hijos y todas sus posesiones. Otro empleado, en cambio, le debía a él apneas cien denarios, una pequeña cantidad por la que podía exigir solamente unos pocos días de cárcel.

Ambos deudores, pero de cantidades muy diferentes, apelan a la misericordia de la misma forma: “ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. El que debía mucho recibe no solo comprensión, sino también la total condonación de esa deuda impagable. Pero al nomás salir, lejos de mostrarse compasivo, se muestra inmisericorde con el que le debía poco, mandándolo a la cárcel.

No ha transgredido mandamientos religiosos. Podrá seguirse viendo como un hombre piadoso dentro de la Iglesia, pero ante Dios es un mal agradecido que no ha aprendido la lección de la compasión, un intransigente que ha sido incapaz de transmitir lo que ha recibido: el perdón, dedicándose a consumirlo y acapararlo egoístamente.

La lección es clara: si comparamos las deudas (ofensas) que los demás tienen con nosotros, no son nada en comparación con la deuda que tenemos con Dios. Por eso el Rey pregunta al siervo despiadado: “Siervo malvado, ¿no debías haber tenido compasión de tu compañero como yo la tuve de ti?”

Nadie busca ser ofendido. No conozco a nadie que las disfrute. Toda ofensa es una injusticia y no podemos gozarnos por ellas. Pero suceden: unas veces seremos ofendidos y otras veces seremos ofensores. Debemos enseñar a perdonar, pero también debemos enseñar a no ofender.

Pero que nunca se nos olvide que cuando alguien nos ofende se nos presenta la oportunidad de imitar el gesto magnánimo de Nuestro Señor. Son muchos los que dejan pasar esta ocasión.

Cuando Dios nos dice “Yo te perdono” al mismo tiempo nos está diciendo: “Aprende y perdona tú también”.

Todos nacemos millonarios: vida, dones, salud, capacidad, sol, agua, plantas, etc. Pero casi nadie se reconoce deudor. Pero cuando llegue ese momento en que reconozcamos que lo que somos y tenemos de Dios lo hemos recibido, tomemos también conciencia de que la única forma en que podemos pagarle es haciendo el bien a otros.

Si a veces sentimos tan difícil perdonar es porque lo vemos como una obligación: “¿Cuántas veces debo perdonar?” El perdón no es una imposición, sino una gran oportunidad. No es un gran peso, sino más bien una liberación. No es una obligación, sino un gesto de amor.

“La espiral de odio y violencia solo puede ser frenada con el milagro del perdón” Juan Pablo II

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

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Un pensamiento en “CUÁNTAS VECES DEBO PERDONAR

  1. Hola esta muy acertada su explicasion pues la realidad es q a mi me ofendido a mi madre una ex mujer q tuve y eso a mi me tiene muy resentido pero yo realmente se q tengo q perdonarla aun q ella se a disculpado de la ofensa q me dijo pero cuando me acuerdo de lo q me dijo de mi madre me duele en el alma q debo de hacer y tambien otro tio yo estoy buscando lo caminos de Dios y yo soy muy caratativo con mi projimo y mi Señor Jesucristo me bendice y yo se lo agradezco de corazon y me gustaria recibir un concejo de parte suya saludes y q el señor le bendiga mi imail es marenconelson@yahoo.com

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