“MIRAD MIS MANOS Y MIS PIES”

VITAMINAS PARA EL CORAZON, “Mirad mis manos y mis pies”, Jueves 27 de marzo de 2008

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“¿Por qué nos miráis fijamente como si por nuestro poder o piedad, hubiéramos hecho caminar a este hombre?” (Hch 3,12)

Pedro, en su humildad, remite al verdadero autor del milagro que ha sanado al paralítico que pedía limosna a la entrada del templo: Jesucristo.

Pedro sabe reconocer sus limitaciones y no iba a ‘saludar con sombrero ajeno’. Reconoce ser un hombre pecador, ni más piadoso, ni más santo que cualquier otro.

¡Es una pena que muchas veces no sigamos su ejemplo! Y más escandaloso aún cuando el dañino orgullo se da dentro de la Iglesia: ‘Yo hice… por mí se logró…yo me mato trabajando…a mí me lo deben…’, etc.

Al contrario, resulta estimulante cuando reconocemos los logros o el esfuerzo de quienes saben aceptar con humildad que no es mérito propio, sino gracia de Dios las cosas buenas que hacen en su vida.

Acto seguido, Pedro aprovecha la buena disposición de la gente para dirigirles un nuevo mensaje sobre Jesús. Pedro ayuda a sus oyentes judíos a leer la historia como Historia de Salvación, que culmina en Cristo y da paso al tiempo de la Iglesia bajo la guía y fuerza del Espíritu Santo.

Eso sí, Pedro no ‘las cuece’, interpela con lenguaje muy directo a los judíos: “al que vosotro sentregasteis y rechazasteis… matasteis al autor de la vida” (Hch 3,14-15). ¡Qué contraste: han indultado a un asesino y han asesinado al autor de la vida! Aunque les disculpa porque comprende su ceguera: “sé que lo hicisteis por ignorancia, y vuestras autoridades lo mismo” (Hch 3,17).

Pedro, que ha madurado claramente en su fe, afirma ahora lo que nunca había entendido bien: que el Mesías tenía que pasar por la muerte y la cruz. Cuando Jesús se lo anunciaba, en vida, era este apóstol quien más reacio se mostraba a aceptar este mesianismo sufriente. Ahora ya sabe que “el Mesías tenía que padecer” (Hch 3,18).

La escena del evangelio es también continuación de la de ayer. Los discípulos de Emaús cuentan a la comunidad lo que han experimentado en el encuentro con el Resucitado, al que han reconocido al partir el pan. Y en ese mismo momento se aparece Jesús, saludándoles con el deseo de la paz.

La duda y el miedo de los discípulos son evidentes. Jesús les tiene que calmar: “¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?” (Lc 24,38).

También, en los momentos de duda y desconcierto, llega un instante en el que Jesús se hace compañero nuestro de camino, aunque no le reconozcamos fácilmente. Y nos pregunta “¿Por qué te alarmas? ¿Por qué tienes dudas?”.

Es muy sugerente que cuando Jesús se aparece resucitado a sus discípulos, después del saludo, les muestras las llagas de sus heridas como las huellas de la batalla librada. Esto lo hace no sólo como garantía de su identidad, sino para darnos esperanza: llegará en un momento en el cual lo que nos hace sufrir, cicatrizará.

El resucitado no nos promete una vida sin pruebas. Su saludo es “Paz” y, más que un saludo, es un don, un regalo fruto de su resurrección. Es lo que nos hace falta pedir en medio de las pruebas: paz

“Mirad mis manos y mis pies” (Lc 24,39). La alegría que nos regala el Resucitado no es el goce superficial de quien recorre un camino fácil. Sus manos y sus pies conservan las huellas de los clavos. Su victoria ha sido conquistada con el sacrificio de su entrega en la cruz.

Quizá nunca acabamos de experimentar una alegría profunda porque no miramos de frente la huella de sus heridas. Creemos que seremos más felices huyendo del sufrimiento y de las personas que sufren.

Jesús nos invita a reconocerlo en el hueco de los clavos. En ese “mirad” encontramos una clave para no entender la alegría pascual como una evasión una espiritualidad etérea, sino como resultado de una mayor cercanía a los crucificados de nuestro tiempo.

Luego pregunta a sus discípulos: “¿Tienen algo de comer?” (Lc 24,41). ¿Por qué no utilizó su poder milagroso para hacer aparecer un banquete para celebrar?

Porque Cristo pelea la gran batalla contra la muerte y la vence. Pero no nos exime de nuestro propio esfuerzo. Como sabiamente dicen algunos campesinos: “Dios hace crecer el maíz, pero no echa las tortillas”. Siempre habrá una parte importante que nos toca a nosotros. La espiritualidad consiste en descubrir cuál es esa parte.

Que Dios les bendiga

Su hermano, José Jesús Mora

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